Cuando era chica hubo una época de mi vida en la que estaba siempre triste,
tenía mal aspecto, estaba muy flaca, con ojeras, siempre cansada.
Me encerraba en mi habitación a mirar películas o leer y no hacía otra cosa.
Cuando salía me iba sola con la bici a dar vueltas, siempre con un libro en la mochila, y terminaba sentada en algún lugar oculto rodeada de naturaleza, leyendo hasta que caía el sol.
Una vez mi mamá me llevo de un curandero y el señor le dijo que no había nada malo en mí,
que por el contrario, mi problema era que parecía un esponja, absorbía todo a mi alrededor.
Que tenía que aprender a protegerme de las energías ajenas porque era eso mismo lo que me estaba haciendo daño.
Fui bastante escéptica y llegué a mi casa pensando que ese señor era un chanta. Y hasta volví un poco asustada por la sensación que me generó el ambiente en donde el señor hacía sus curaciones.
Al tiempo me cruce en una plaza a una señora que tiraba las cartas y me dijo lo mismo pero con otras palabras, que yo cargaba el peso de una mochila ajena y eso me estaba haciendo mal.
Tampoco la escuché demasiado, porque quién le cree a esas señoras que lo único que buscan es ganarse una moneda de algún gilastrun de paso.
Más tarde conocí a una señora mayor para la que mi mamá hacía trabajos de limpieza. La señora estaba siempre sola y sabía de mí porque charlaban muy seguido, así que un día le dijo que me invite.
Mientras mi mamá trabajaba, yo charlaba con ella, de música, pintura, política, religión.. Hasta que empecé a visitarla sin mi mamá.
La nona (así me pedía que la llame) siempre me decía que veía algo especial en mí, pero que tenía que protegerme, porque no todas las personas eran como yo. Entonces decidió iniciarme en el terreno de las terapias alternativas y a pasarme, directo de su boca, todos los conocimientos que tenía.
Una vez por semana, a la mañana, yo iba con mi cuaderno y ella me hacía tomar nota de todo y luego practicabamos juntas.
Esa fue, sin dudas, una de las mejores etapas de mi vida, puesto que a la par de estos conocimientos que incorporaba, estaba aprendiendo danzas y trabajando con mucho esfuerzo sobre mi cuerpo.
Cuerpo, mente y alma, en equilibrio.
A la nona sí, le creí.
Pero pasó que su hija no permitió que mi mamá fuese más a limpiar la casa, y por ende, me prohibieron ir a visitarla. Recuerdo mi enojo, recuerdo el dolor, recuerdo lo mal que la trataba su hija a esa pobre señora que disfrutaba tanto de mi compañía.
Después de esa situación, no volví a creer. Dejé ese mundo por completo.
Pasó el tiempo.
Me dediqué solo a lo que podía ver y tocar, a lo palpable. A trabajar, a ganar dinero, a vivir el día a día.
Hoy, después de tantos años, me encuentro sentada pensando ''qué me está pasando?''
viendo como, nuevamente, soy esa esponja que absorbe las energías ajenas, que sufre, que se vacía de si misma y se llena de los demás, que se ahoga, que siente dolores y no sabe de dónde vienen.
Hoy, percibo esas energías como propias, se apoderan de mí y me hacen daño.
Hoy, me he vuelto a abrir al mundo exterior, pero sin esa protección en la que tanto había trabajado.
Hoy, nuevamente estoy
Vulnerable.
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